Desde hace unos años, se ha puesto sobre la mesa una ofensiva contra el alcohol que parece tener un objetivo claro: convertir a quienes disfrutamos del vino en marginados sociales. Ya lo han conseguido con los fumadores, y ahora pretenden que la presión social nos haga abandonar esa “mala costumbre” de disfrutar de una copa.
La gente cree más fácilmente una gran mentira que una pequeña, y si se repite con la suficiente frecuencia, acaba por aceptarse. Goebbels – Ministro de propaganda de Adolf Hitler
Y personalmente empiezo a estar harto de esta campaña. Escucho o leo con demasiada frecuencia (a diario casi) que el vino es una droga y, sinceramente, creo que quien afirma eso con tanta ligereza es alguien extremadamente simple, con intenciones ocultas o a quien, sencillamente, le falta bastante calle.
Una cuestión de contexto
No pretendo defender que el vino sea un producto que no es adictivo (como todo lo que nos gusta), ni siquiera saludable; hay muchas cosas en nuestra sociedad que no lo son saludables, desde los ultraprocesados hasta las jornadas laborales por turnos… y que hablar de adiciones, desde el jamón serrano hasta tiktok. Pero el lenguaje importa. Utilizar la palabra “droga” nos arrastra inmediatamente a conceptos como “drogadicción” o “drogadicto”, términos demasiado fuertes y peyorativos para colgárselos a alguien por el simple hecho de tomarse una copa de vino.
Las cosas no pueden definirse por su excepción, sino por su regla general.
- Una cola industrial sirve para pegar tarimas, aunque haya quien la use para colocarse; eso no convierte al carpintero en drogadicto ni al fabricante en un cartel.
- Un cuchillo cebollero es una herramienta de cocina; que se hayan cometido asesinatos con ellos no convierte al cocinero en un criminal.
El vino y mi abuelo
Mi sensibilidad con este tema salta como un cohete porque soy medio riojano y me siento profundamente conectado a esa tierra. Recuerdo a mi abuelo, que cada año producía vino para el consumo de toda la familia. El porrón siempre estaba en la mesa a la hora de la comida, o la bota, a mano.
Mi abuelo sacó adelante a seis hijos en los tiempos durísimos de la posguerra. Cada mañana se ponía aquella faja, que me parecía infinita, alrededor de la cintura, se calaba la boina, ataba el remolque a la mula y se iba al campo hasta la noche. Jamás faltó al respeto a mi abuela y trabajó sin descanso para darnos una vida mejor, la que hoy, gracias a él y a mis padres, he heredado. Mi abuelo bebía vino, pero no era un drogadicto. Era un hombre responsable. Mi abuelo no era un “camello”, se ocupó en todo momento de su familia, y su pequeña bodega, no era un cartel de la droga.
La verdadera tragedia: la droga
Me parece injusto y desproporcionado usar la palabra “drogadicción” para el vino, pero me parece aún más terrible que el manoseo de esa palabra le haga perder su verdadero y trágico significado.
Yo nací en Carabanchel y crecí en los setenta, cuando el “caballo” (heroína) se apoderó de las calles de Madrid, y ví lo que es la droga en mayúsculas. Aún puedo recordar el olor metálico de la cuchara quemada con el mechero y la imagen de aquel compañero de clase que no llegó a los veinte años porque se lo llevó una sobredosis. Vi a otro perder un brazo, devorado por la gangrena de los pinchazos, y nunca olvidaré las lágrimas de la madre de mi amigo Luisito cuando descubrió que su propio hijo le había robado la televisión para poder comprar una dosis. Aquella familia terminó vendiendo su piso para pagar una rehabilitación a su hijo … Se mudaron y no sé como acabó la historia, pero lo puedo imaginar.
Ese es el mundo real de la droga: un escenario sórdido de tragedia humana, social y económica y donde el consumidor pierde por completo la voluntad. Y ese, rotundamente, no es el mundo del vino.
Así que, si alguien te insinúa que el vino es una droga, no discutas. Simplemente, mándalo a la mierda.







