No me gustan los bombarderos ni los bombardeos.
No me gusta que se secuestren a los presidentes de los países.
No me gustan los autoproclamados presidentes después de haber perdido las elecciones.
No me gustan las dictaduras ni los dictadores.
No me gusta la hipocresía de los que reclaman derechos humanos cuando son los primeros que los pisotean.
No me gusta la gentuza, que caiga la moneda como caiga, ellos siempre tienen un interpretación que les da la razón.
No me gusta que el voto sea el derecho de pernada durante cuatro años.
No me gustan los pueblos sumidos en la pobreza, empobrecidos por incompetencia o avaricia desmedida de sus gestores.
No me gusta esa corrupción que se une a nosotros como una lapa imposible de sacar.
No me gusta que las personas deban abandonar sus países porque no caben allí.
No me gusta que se confunda el poder con la razón ni el ruido con la libertad.
No me gusta cuando en los pueblos el miedo pesa más que la esperanza.
No me gusta que la gente se acostumbre al dolor y la pobreza como si fuera parte del paisaje.
No me gustan los discursos que separan y las palabras que abren camino a la violencia.
No me gustan los que prometen futuro mientras roban el presente.
No me gusta la indiferencia que se disfraza de neutralidad.
No me gusta que la dignidad tenga precio ni que la justicia llegue tarde.
No me gusta cuando olvidamos que todos, al final, queremos lo mismo: vivir en paz y sin miedo, dormir tranquilos y pensar que nuestros hijos podrán vivir mejor que nosotros.
No me gustan los políticos que tenemos, de ningún color.







