Tras el reciente y trágico accidente en Adamuz, el clamor popular —ese deporte nacional tan nuestro— exige la dimisión del ministro. Yo también creo que debería irse, pero no por el accidente en sí. Seamos realistas: la tragedia, a veces, es solo una cuestión de sucesos de probabilidad casi nula, pero que sumados nos conducen a terribles situaciones como la vivida.
El azar y la responsabilidad
Debemos aceptar que los accidentes ocurren. Son un cúmulo de pequeñas carambolas que, aisladas, no pasarían de ser una anécdota para contar en el café, pero que juntas hacen que para muchas personas, su vida se transforme en un infierno. Que un tren descarrile ya es una desgracia; que, en ese preciso segundo, otro pase en sentido contrario para rematar la jugada, es simplemente que la rueda de la fortuna decidió girar hacia el lado más oscuro. A veces, el destino simplemente decide segar la vida a unos pocos desafortunados, sin darnos apenas margen de maniobra.
Sin embargo, aunque el azar sea caprichoso, el deber de los que mandan es poner las bases para que la suerte no sea el único factor de seguridad. Y aquí es donde entra Adif, esa empresa que depende del Ministerio de Transportes en cuestión, y que parece haber olvidado cómo se ponen las bases de una buena gestión.
Un historial de “pequeños” desfalcos
El problema no es de ayer. Viene de lejos, concretamente de 2005, cuando decidieron separar Adif de RENFE y convertirla en el “cortijo” personal de políticos de todos los colores. Se transformó en algo parecido a las antiguas Cajas de Ahorros, y ya todos sabemos cómo terminó aquel cuento de terror.
Si echamos la vista atrás a estos últimos treinta años —resumiendo mucho para no aburrir— el panorama es desolador:
- 2013-2014: El AVE del sobrecoste. La línea Madrid-Barcelona nos salió cara por los amaños: 31 millones extra en apenas 2 kilómetros. Nueve directivos detenidos por un “desfase” de 6 millones extraídos con precisión quirúrgica.
- 2014: Facturas creativas. Otros 9,8 millones desviados con facturas falsas que luego subieron a 25. Uno de los directivos, Martínez Pombo, tuvo la suerte de “aflorar” 2,4 millones gracias a la amnistía fiscal. Qué puntería.
- 2015: Sobornos y otros vicios. Viajes pagados y servicios de prostitución para directivos, cortesía de las constructoras. Lo “típico” de una empresa pública seria.
- 2019: El pastel repartido. La CNMC impuso una multa de 118 millones porque 15 empresas se repartieron el pastel de las licitaciones durante décadas ante la mirada distraída de la casa, al parecer, como les pasa a todos los Presidentes de gobierno de este país, no se enteraron de nada.
Jessica, los 785 “fantasmas” y la gestión flexible
Uno podría pensar que esto es agua pasada, pero la situación no solo no mejora, sino que adquiere tintes de tragicomedia surrealista.
Ahí tenemos el famoso caso de Jessica, la amiga entrañable del ministro, contratada por Adif. Ella misma reconoció que nunca fue a trabajar pese a cobrar el sueldo puntualmente. Sinceramente, es de agradecer: al menos así no rompió nada. Pero Jessica no estaba sola. En 2025 se descubrió que había otras 785 personas trabajando en Adif sin cobertura presupuestaria. En el mundo real esto se llama enchufismo; en el oficial, lo bautizaron como “gestión flexible”. Supongo que es muy flexible para los 785 elegidos a dedo.
Luego está Juan Pablo Villanueva, director de Desarrollo de Negocio de Adif, que al parecer “desarrolló el negocio” favoreciendo a empresas amigas y a su bolsillo, o Isabel Pardo de Vera, expresidenta imputada por una lista de delitos que parece el índice de un manual de corrupción: organización criminal, cohecho, prevaricación, abuso de autoridad pública y malversación… lo habitual.
Lo más tierno de todo es que las investigaciones internas de Adif nunca encontraron nada extraño. ¡Cuanta inocencia!.
El caballero de los 50.000 tuits
Sí desde el punto de vista de la corrupción parece que no ha conseguido ventilar la casa y el olor a podrido sigue siendo importante, desde el punto de vista de la gestión la cosa tampoco está para tirar cohetes. El mantenimiento de las infraestructuras no parece estar al nivel requerido, Rodalies que era un desastre hace 10 años, parece no haber mejorado sino que cada vez está un poco peor, ciertas líneas son fuentes de problemas (Extremadura), otras siguen durmiendo el sueño de los justos (alta velocidad en el corredor mediterráneo) y los empleados, tampoco están contentos y han convocado una huelga para los próximos días…
Y mientras la casa se cae, tenemos al “ministro tuitero” al frente de la misma. Más de 50.000 tuits desde 2010, unos 12 al día. Una cifra sorprendente que solo se alcanza cuando uno ya ha terminado todas sus tareas importantes y le sobra tiempo para la creatividad digital. Podría pensarse que se trata de comunicación institucional, pero en primer lugar no creo que sea el ministro al que le corresponda hacer ese tipo de comunicación y en segundo lugar, basta con haber leído algunos tuits suyos, para entender que cada mañana se ponía la armadura de caballero cruzado enarbolando la espada de Twitter y repartiendo mandobles a diestro y siniestro, aplicando el principio de los que no están conmigo están contra mi.
Visto lo visto, creo que debería dimitir porque ha mostrado su incapacidad para limpiar y gestionar la casa. Sería un ejercicio de decencia, un gesto casi desconocido. Pero claro, todos sabemos que en el 99% de los casos, “político” y “decencia” son palabras que no pueden estar juntas en la misma frase … y así nos va.








Parece ser que puede dimitir pronto, empujado por Illa y el desastre de los rodalies. Al final está imitando al que tanto crítico, Mazón, que dimitió muy muy muy tarde. Al final como decía mi abuela, el zorro cambia el pelo pero no las mañas… Se parecen tanto unos a otros…