Algorrino. Escuché esta palabra en YouTube a Fabian C . Barrio y me gustó, un algoritmo es una fórmula matemática más o menos compleja. Los algoritmos de Instagram, YouTube, TikTok, etc., están completamente sesgados para servir a la empresa, no a ti, son algoritmos sucios, guarros, de ahí lo de “algorrino”
De buscar recomendaciones a recibir órdenes del móvil
Hasta hace cuatro días, cuando salías a comer fuera y querías acertar sin conocer el sitio, el ritual tenía su mecánica. Podías fiarte de la recomendación de un amigo de buen diente o de la crítica leída en algún suplemento dominical de un periódico. Posteriormente, nos pasamos a los blogs o portales más o menos especializados, posteriormente “los influencers” en alguna red social y ante la avalancha de opiniones e imposibilidad de separar polvo de paja, nos decantamos por abrir Google Maps y dedicarle cinco o diez minutos a bucear entre las opiniones de la gente de a pie.
Tenías que leer un poco, filtrar las opiniones de los que se quejan porque el gazpacho estaba frío y buscar a esos comensales minuciosos que describían con detalle el guiso del día o aquel arroz fuera de carta que les había sorprendido. Había un punto de investigación, de intuición y de riesgo personal.
Pero la tecnología avanza a paso ligero para ahorrarnos cualquier esfuerzo mental, incluso el de pensar qué nos apetece comer.
Hoy abres Google Maps para ver qué tal está un restaurante y ya no te hace falta leer nada. La Inteligencia Artificial del sistema se ha leído las mil quinientas reseñas por ti y te planta en todo lo alto un resumen masticadito. Una ventanita mágica que viene a decirte, sin rodeos: «A la gente le gusta el tartar de atún, las croquetas de jamón y la tarta de queso líquida».
En apenas dos líneas, el algorrino ha dictado sentencia. Hemos pasado de explorar y curiosear a entrar por la puerta del restaurante con la comanda ya decidida desde casa, es como ir al supermercado con la lista de la compra hecha por otro. Y lo peor no es que nos fiemos a ciegas; lo peor es lo que este atajo digital le está haciendo a las cocinas.
Ya no te hace falta leer nada. La Inteligencia Artificial del sistema se ha leído las mil quinientas reseñas por ti
La trampa del «la gente suele pedir»
A simple vista, el invento parece una maravilla de la modernidad, siglo XXI en vena. Quieres rentabilizar tu dinero y no tienes ganas de equivocarte, y la maquinita te señala a tiro fijo lo que tiene más éxito. Cero complicaciones, cero riesgo.
El problema es que la inteligencia artificial no tiene paladar ni criterio gastronómico; lo único que tiene es una calculadora gigante con capacidad para sacar estadísticas. El algorrino no te está diciendo cuál es el plato más redondo de la cocina, ni el más creativo del cocinero, ni qué guiso tiene horas de chup chup detrás. Lo único que hace es contar palabras repetidas como un contable enloquecido.
Si doscientas personas han escrito en sus reseñas la palabra «croquetas» o «tarta de queso» —platos comodín que pide casi todo el mundo porque no disgustan a nadie—, el sistema asume de forma aplastante que eso es lo mejor del local. En cambio, aquel escabeche de codorniz memorable o ese pescado de roca que probaron cuatro gatos, para el algorrino, estadísticamente, no existe.
Nos plantan la carta delante, pero ya no la leemos de verdad; solo buscamos con la mirada los tres o cuatro platos que el móvil nos ha chivado unos minutos antes.
Hemos cambiado la aventura de descubrir por el miedo a equivocarnos. Y al renunciar a la sorpresa, le hemos regalado el mando a distancia de nuestro paladar a una fórmula matemática.
El bucle del futuro: la profecía que se cumple sola
Quizá hoy todavía nos parezca una exageración, pero si levantamos un poco la vista de la mesa, el camino hacia el que nos dirigimos se ve con bastante claridad. La maquinaria ya está en marcha.
Pensemos en cómo se va a alimentar este circuito en cuanto el hábito se termine de consolidar:
- La IA empieza destacando tres o cuatro platos porque son los términos que más se repiten en las reseñas existentes.
- El comensal que llega con prisa o sin ganas de complicarse la vida va directo a tiro fijo y pide justo lo que el sistema le ha resumido en pantalla.
- Al terminar, si deja una reseña, hablará casi con total seguridad de esos mismos tres platos, porque son los que ha probado.
- El algorrino toma nota, actualiza sus datos y refuerza su conclusión: esos son los platos que lo petan en este local.
No hace falta ser un lince para imaginar las consecuencias que este mecanismo puede traer a medio plazo para los propios hosteleros. Incluso para aquellos que todavía intentan resistir con una cocina con cierta identidad y que no se basa en abrir bolsas congeladas.
Si tienes una carta con veinte opciones variadas, pero compruebas mes a mes cómo las comandas se concentran de forma aplastante en el cuarteto bendecido por el resumen de Google, la lógica comercial terminará imponiéndose al romanticismo culinario. Mantener ingredientes frescos para recetas que apenas salen supone mermas, tiempo perdido y dinero tirado a la basura.
La inercia empuja hacia una solución pragmática: si la máquina te dice lo que la gente va a pedir antes de que cruce la puerta, la tentación de plegarse al dictado del algorrino para no asumir riesgos económicos será casi irresistible.
Los fuera de carta, especie amenazada
Si tiramos de este hilo, el desenlace no será necesariamente que los restaurantes reduzcan sus cartas de la noche a la mañana, sino algo que ya empezamos a vislumbrar con claridad: cartas muy muy estáticas.
Da igual que sea pleno invierno, primavera o verano; el menú permanece inmutable año tras año, ciego al calendario, a las temporadas del producto y a lo que entre por la lonja o la huerta. Se asienta un grupo de platos comodín que no se tocan jamás porque son los que alimentan la rueda de las reseñas y los resúmenes del móvil.
Para salvar la papeleta del oficio y la estacionalidad, al cocinero que todavía tiene inquietud le queda el último reducto: los platos fuera de carta. Es ahí donde saca lo mejor del mercado del día, donde prueba una receta de cuchara o donde se permite arriesgar con un producto fresco de verdad.
Y aquí viene el verdadero drama que se nos puede venir encima. Si el comensal medio entra por la puerta abducido por lo que le ha soplado el móvil, ni escucha cuando el camarero le canta las sugerencias del día, los fuera de carta se convierten en invisibles para Google. Y plato que no se pide, plato que no se compra; plato que no rota, plato que deja de cocinarse.
Comer por libre como pequeño acto de resistencia
Llegados a este punto, la pregunta parece obvia: ¿qué nos queda por hacer a los que todavía disfrutamos sentándonos a una mesa sin el guion aprendido?
Y ojo, que no vengo a dar lecciones morales a nadie. Yo soy el primero que lleva la tentación metida en el bolsillo del pantalón. La llamada del lado oscuro es poderosa y la comodidad de mirar la pantalla antes de empujar la puerta está ahí para todos.
Pero tampoco se trata de ponernos dramáticos. La tecnología es un invento estupendo para saber si un sitio está abierto un martes o si te van a cobrar seis euros por una cerveza. El disparate empieza cuando dejamos que un algorrino decida qué nos tiene que gustar o qué debemos comer.
Quizá la solución sea tan sencilla como recuperar un poco de rebeldía, de sentirse un poco niño y volver a sentir curiosidad.
La próxima vez que entres a un restaurante, haz la prueba: guarda el móvil en el bolsillo, olvida lo que decía la ventanita de Google y tómate unos minutos para escuchar lo que el camarero tiene que contarte. Pregunta cuál es ese plato de la carta que casi nadie pide, pero del que el cocinero se siente más orgulloso, cuál es el plato que más le gusta a él o el más sorprendente u original; pregunta lo que te dé la gana, pero pregunta… y decide.
Sí, claro que hay riesgo. A veces pediremos algo que no sea perfecto y nos equivocaremos. Pero equivocarse también forma parte de salir a comer. Al menos habrás probado algo con alma, habrás apoyado el producto de temporada y le habrás ganado una pequeña batalla a la tiranía de las redes sociales y de la carta fotocopiada.






