Nuestra valoración
🗨 Si ya has cruzado la frontera de los sesenta, probablemente compartas conmigo cierta reticencia hacia los mercados gastronómicos reconvertidos. Permíteme una confesión inicial: no es mi hábitat natural. Comer con el ir y venir constante de la gente de fondo, los olores del mercado, sufrir banquetas de madera rígida que desafían la resistencia de una espalda “usada” y compartir unos aseos que oscilan entre el minimalismo espartano y el “encanto” de una estación de tren, no es mi idea de una velada perfecta. Cuando salgo a comer, prefiero una mesa espaciosa y una conversación tranquila.
🗨 Sin embargo, mi reciente visita a Krudo, ubicado en el madrileño Mercado de Vallehermoso, me ha obligado a replantearme mis propios dogmas. Te adelanto mi veredicto: a pesar de las obvias incomodidades del entorno, la propuesta culinaria, así como su propuesta líquida hacen que el peaje de la banqueta valga la pena.
🗨 Si conoces la escena madrileña, sabrás que Kuoco es uno de mis templos de cabecera. Pues bien, debes saber que Krudo funciona como su prolongación más desenfadada e informal. No te dejes engañar por el nombre del local; aquí no todo se sirve sin cocinar. Lo que vas a encontrar es una culinaria de sabores lejanos, muy sugerentes, donde predominan los matices ácidos y ese punto de picante sutil que tanto agradece el paladar ya curtido por los años y las experiencias más diversas.
Una bodega de culto en un puesto de mercado
🍷 Hablemos de lo importante, porque la bodega de Krudo merece un análisis detallado. Quien ha diseñado esta carta sabe de esto y tiene un gusto refinado. Es un absoluto disparate —en el mejor de los sentidos— encontrar semejante selección en un puesto de mercado. Olvídate de las marcas comerciales de siempre; aquí la apuesta es por pequeños productores de culto, vinos parcelarios y etiquetas de asignación difíciles de conseguir.
🍷 Por recomendación del sumiller, elegimos Vaguera (de El Maderal), un blanco zamorano fresco, vertical y con una notable textura que limpió a la perfección la grasa y los toques cítricos de la comida. La única pega que te vas a encontrar es el contraste entre el contenido y el continente: botellas de este calibre exigen una cristalería más fina que las copas que manejan aquí. Aun así, reconozco que en peores plazas hemos toreado.
El menú: equilibrio ácido y bocados memorables
🍴 Iniciamos la sesión con las ostras. Pedimos un trío con diferentes aliños (ya que mi hija Lucía prefirió declinar su parte). Yo opté por la versión con mango y habanero. Aunque suelo ser un purista de la ostra al natural, esta combinación me pareció magnífica: el picor es sumamente sutil y respeta el molusco de primerísima calidad.
🍴 Continuamos con la croqueta enchupetada. Un bocado de gamba coronado con un tartar del propio crustáceo. Te recomiendo comerla de un solo bocado; su interior es sumamente fluido, casi como un bombón crujiente que estalla en la boca con un sabor marino muy intenso y conseguido. Eso sí, el precio de las croquetas en esta ciudad empieza a subir a un ritmo que ya querría para sí el Ibex 35.
🍴 El tiradito mixto de corvina y gambón es obligatorio. La corvina se presenta cruda, mientras que el gambón recibe un levísimo golpe de fuego. El equilibrio que aportan el aguacate, el cilantro y la cebolla morada genera un contraste dulce y ácido muy agradable. Se sitúa, por derecho propio, en mi lista particular de tiraditos de referencia en Madrid.
🍴 Menos entusiasmo me despertó el taco de softshell crab (cangrejo de cáscara blanda). El cangrejo llega entero, frito y muy crujiente. La casa te sugiere cortarle las patas, comerlas por separado y luego desmenuzar el cuerpo dentro del taco con unas gotas de lima. Es una propuesta curiosa, pero no logró conquistarme al mismo nivel que los platos anteriores, pero no me malinterretes, me comería media docena, mientras escribo estas líneas.
🍴 El punto álgido de la parte sólida llegó con la costilla de vaca ahumada y estofada en curry. Aunque la carta indica que es para dos personas, la compartimos entre cuatro y la ración resultó más que generosa; tras retirar el exceso de grasa, pudimos armar tres tacos por cabeza. El curry ofrece un punto ácido y untuoso sumamente sabroso. Una forma magnífica de cerrar la parte salada.
🍴 El cierre dulce lo puso el postre de tres leches, servido en copa sobre una base de bizcocho. Lamentablemente, tras la intensidad de los platos anteriores, me resultó plano. Un final prescindible para una comida … como solemos hacer muchas veces, igual habría sido mejor haber rematado con otra croqueta o similar.
Servicio y relación satisfacción-precio
🗨 El servicio es sumamente amable y cercano; se agradece que eviten esos discursos infinitos de media hora explicando el origen místico de cada ingrediente. El principal punto de mejora radica en los tiempos de espera: la costilla tardó demasiado en salir y las tortillas extra parecieron quedar en el olvido, probablemente debido al cuello de botella que sufre una cocina tan minúscula para el volumen de clientes que manejan.
💶 En cuanto al coste, el total fue de 47 € por persona. Si descontamos los 40 € de la botella de vino, la comida se queda en unos 37 € por cabeza. Una relación calidad-precio sumamente razonable para el nivel de lo que se sirve.
🗨 ¿Volvería? Sí, sin duda. A la cocina de Krudo le daría cinco estrellas sin pensarlo: hay técnica, personalidad, platos memorables y una bodega impropia —en el mejor sentido— de un puesto de mercado. El entorno, en cambio, se queda en tres: banquetas poco amables, bullicio constante y ese pequeño peregrinaje hasta los baños no ayudan a redondear la experiencia. El resultado final es, por tanto, de cuatro estrellas: una calificación que me parece justa para un lugar cuya cocina justifica de sobra una pequeña penitencia logística.







