MG Wines: El día que dejé de mirar el vino para empezar a sentirlo
Las catas pueden ser memorables por motivos muy diversos: por las personas que descubres entre copa y copa, por la calidad (o la generosa cantidad) de las etiquetas, por el entorno o incluso por el carisma de quien sostiene el sacacorchos. Sin embargo, lo que no me esperaba a estas alturas era encontrar una experiencia que me descolocara por el cómo se ejecutó.
A lo largo de mi trayectoria, calculo que habré participado en más de mil actividades relacionadas con el sector: desde las catas más académicas y rígidas —donde si no sacas la nota de “fruta del bosque madura” parece que has suspendido— hasta presentaciones, degustaciones, maridajes a ciegas e incluso alguna que otra “guerra de vinos”.

A pesar de ese bagaje, reconozco que llegué con un ligero escepticismo. Pero María Miñano y el equipo de MG Wines me llevaron por un sendero hasta ahora inexplorado. No sé muy bien cómo definirlo, pero si me obligaran a inventar un término, lo llamaría “MindfulWine”. Es decir: catar concentrándose exclusivamente en los sentidos, silenciando el juicio visual para dejar que el olfato y el paladar tomen el control total.
La magia del aislamiento: silencio, vino y nada más
La propuesta es tan sencilla como poderosa: te tapas los ojos y te enfrentas al vino en absoluta soledad sensorial. Lo interesante aquí no es solo que dejes de ver el color del vino o la etiqueta de la botella; lo verdaderamente disruptivo es que la venda actúa como un interruptor que apaga el mundo exterior.

Al cubrirte los ojos, de repente, el entorno desaparece. Te aíslas de la charla inevitable del compañero de al lado; te olvidas de la tentación de mirar el móvil para ver si tienes una notificación nueva y dejas de analizar lo que sucede a tu alrededor. Estás tú, el cristal de la copa y el líquido. Es una forma de “aislamiento positivo” que te obliga a estar presente, algo casi revolucionario en los tiempos que corren.
Luego, llega el segundo acto: probar el vino junto a un bocado diseñado específicamente para la ocasión. Todo esto sucede mientras una música elegida con precisión quirúrgica envuelve la sala y unas palabras —muy en la línea del vocabulario usado por el crítico Ignacio Torralba— te guían como si de una meditación se tratara.
La evolución del sabor
Es posible que este entorno genere cierta sugestión, no lo niego. Pero, con sugestión o sin ella, la experiencia de sentir cómo los sabores evolucionan, chocan y se abrazan en tu propia boca es, sencillamente, singular. Además, hay algo liberador en no ver: te olvidas del precio, de la puntuación de la guía de turno y de intentar analizar. Simplemente estás tú y el reto de no mancharte la camisa mientras buscas el bocado a ciegas.
Hacia un vino sin manual de instrucciones
En mi grupo, el feedback fue unánime: sorpresa y gratitud. Me parece un camino excepcional para intentar simplificar el consumo y el mundo del vino. A veces, los tecnicismos y esa barrera de esnobismo que hemos construido le hacen un flaco favor al sector. Esta metodología acerca el producto a una población curiosa, demostrando que las sensaciones que se pueden alcanzar con una copa de vino no están a la altura de ninguna otra bebida legal en este planeta Tierra.
Un gran “Bravo” a María Miñano y a MG Wines por recordarnos que, a veces, para ver de verdad la esencia de un vino, lo primero que hay que hacer es cerrar los ojos y disfrutarlo en silencio.







