En 2026 me hice el firme propósito de leer en papel un libro por trimestre. Con tanta tablet, había dejado de ser capaz de leer nada; las interrupciones constantes de correos, WhatsApp y todas esas notificaciones de mierda que te llegan —lo que ahora llaman síndrome de atención— me tenían totalmente desconectado.
Así que me propuse leer un libro al trimestre y, evidentemente, sobre lo que me gusta: gastronomía y vinos. El primero fue Deja todo o deja el vino, de mi admirado Santi Rivas. El segundo, que descubrí buscando por internet, fue Comerse Madrid, crónicas de Paganini, de Emilia Landaluce.
Tal como indica el título, el libro se centra en restaurantes de Madrid. Emilia habla de sus experiencias personales, de las especialidades de los mismos y de lo que más le gusta de cada sitio. Yo, por desgracia, al no vivir allí, no los conozco todos, aunque la mayoría me suenan de haber leído referencias sueltas en redes sociales o en cualquier sitio… al final, uno pierde la noción de dónde lee las cosas.
En un principio pensé que el libro se me iba a hacer árido, pero poco a poco, con sus vivencias, su ironía y su costumbre de no tener pelos en la lengua, la lectura se vuelve muy entretenida y te saca más de una sonrisa. Es la diferencia entre una escritora de talento y un juntaletras como este que escribe.
Tiene muchas frases que podrían incluirse en un tratado sobre gastronomía, pero yo me quedo con dos. La primera, las referencias al «pantalón de goma» que tiene que ponerse cuando va a darse un homenaje. La segunda, esta, que aparece en la última parte del libro:
«A mí me gusta el dry martini de vodka, que para algunos es sacrilegio (pero es el único copazo que me permito, además del tequila, champán, vino, cerveza y jerez) desde que he dejado de beber».
Memorable. Tengo que adaptármela.
Si eres de Madrid y aficionado a la gastronomía, te lo recomiendo vivamente. Aunque es cierto que el paso de los años siempre deja marca y es posible que alguno de los sitios haya cambiado o se haya transformado.
En cualquier caso, me lo he pasado genial. Casi podría decir que he sentido envidia por no haber tenido esa vida, porque, como diría Serrat, «no hay nada más bello que lo que nunca he tenido». Y no puedo ocultar que me hubiera gustado estar en alguna de esas mesas con Arcadi o con Rosa, en las cuales la comida se prolonga hasta la merienda y la merienda empalma con la cena. Eso sí, a mi edad, las resacas son casi el deseo de que me visite la Parca. Así de mal las llevo.
Querida Emilia: si algún día me lees, no soy ese apuesto caballero con el que sueñas que te invite a cenar, pero si el destino no junta en algún restaurante, quizás sea una señal para compartir mesa y botella(s).
Muchas gracias por estos ratos que hemos pasado «juntos».







