Contenido
La paradoja de la disidencia
Nos pasamos la vida quejándonos de que los futbolistas (lo generalizaria a cualquier personaje publico) parecen clones diseñados en un laboratorio de relaciones públicas: declaraciones enlatadas, sonrisas profiden y un pánico absoluto a salirse del rebaño. Sin embargo, el día en que uno de ellos decide saltarse el guion y opinar con total libertad sobre su cuerpo, su alimentación o el estilo de vida contemporáneo, nos echamos las manos a la cabeza.
En cuanto alguien con millones de ojos encima se atreve a mostrar ideas propias, a menudo heterodoxas y disruptivas, la prensa rara vez busca comprender el razonamiento subyacente ni entrar en matices. Por el contrario, se activa el algoritmo para que busque la frase aislada descontextualizada que garantice el escándalo del día y el tráfico de red necesario. Es necesario señalar que, entre la idea original expresada y el titular llamativo que genera el algoritmo de turno —porque, no nos engañemos, esos titulares ya los dictan algoritmos diseñados para cazar tu clic—, suele haber un abismo de diferencia. Analicemos, para ilustrar este fenómeno, algunos ejemplos significativos de esta distorsión entre el mensaje y su recepción.
| El anzuelo del algoritmo (Titular) | Lo que realmente hay detrás (El matiz) |
| No usar protector solar | Defiende la exposición solar progresiva en horas suaves para sintetizar vitamina D de forma natural, y recurrir a la sombra o la ropa en lugar de embadurnarse en químicos para pasar horas al sol del mediodía. |
| La peligrosa dieta cavernícola sin hidratos | Prioriza comida real, densa en nutrientes y sin ultraprocesados (carne de calidad, huevos, fruta y tubérculos) porque nota mejor rendimiento y digestión, compartiendo su experiencia personal sin imponerla como dogma universal. |
| La paranoia de las gafas raras y la oscuridad | Utiliza filtros de luz azul al anochecer para respetar los ritmos circadianos y favorecer la melatonina natural, optimizando el descanso y la recuperación física. |
| Entrenar sin comer: la locura del ayuno extremo | Aplica ventanas de descanso digestivo adaptadas a sus horarios para mejorar la flexibilidad metabólica, una práctica habitual y estudiada en fisiología del deporte. |
| Un vago que romantiza el no hacer nada | Crítica a la cultura de la autoexplotación, el lenguaje corporativo anglosajón y la prisa constante, reivindicando el valor del ocio, la siesta y el trabajo con sentido artesanal. |
| Un ludita que quiere que volvamos a las cavernas | Alerta contra la pérdida de atención, la adicción a las pantallas y la erosión de las conversaciones reales cara a cara |
| Hace apología del alcoholismo | Defiende el vino no como un tóxico o una vía de evasión descontrolada, sino como un elemento central de la cultura mediterránea, la celebración comunitaria, la liturgia y la civilización. Critica la visión tecnocrática que reduce la existencia a prolongar la vida biológica a costa de extirpar los ritos, la gastronomía y los placeres compartidos. |
| Ataque a quienes tienen perros o gatos | Crítica a la antropomorfización de las mascotas («animalización del hombre y humanización del animal»), señalando cómo sustituimos vínculos humanos comunitarios por sucedáneos afectivos de consumo |
| Defensa del tabaco frente a la salud pública | Una opinión que no va realmente a favor del tabaco, sino contra un Estado excesivamente paternalista. Si el poder proscribe todo lo que puede ir contra la salud biológica, termina ahogando la libertad y el libre albedrío de los adultos. |
Esta no es una lista exhaustiva de sus ideas, pero sí que es una referencia de las ideas que ha vertido en las redes sociales en los últimos tiempos y que han resultado más controvertidas. No voy a entrar a debatir ni analizar ninguna de ellas, aunque básicamente estoy de acuerdo con casi todas (por ejemplo el tema del vno como “salud social”) y desde luego que no me espere para otras como la dieta paleolítica que él sigue, puede ser todo lo mala que quiera la dieta que sigo, pero no quiero renunciar ni al jamón ni al chorizo.
El talibanismo de la cancelación.
No deja de llamar mi atención como tantos periodistas y otros personajillos proponen que ciertas personas deberían estar calladas y no decir lo que piensan y proponen esa palabra horrible (o al menos para mí lo es) que es la cancelación. Aunque Marcos Llorente es un buen ejemplo, el caso más sangrante en este país es el de Miguel Bose, al que le dan por activa por pasiva, por la izquierda y por la derecha, por arriba y por abajo. Los que se salen “del tiesto” son victimas de todos estos voceros que parecen hablar en el nombre de todos los demás y son los paladines de la ciencia y del sistema.
Lo primero que habría que decir es que deberían/deberiamos estar súper contentos de no vivir en Corea del Norte, Rusia, Venezuela o ninguna otra dictadura en África o Sudamérica o cualquier otro rincón del mundo, donde solo las voces del sistema pueden salir a la luz, donde no hay debate y donde todo es uniforme. Nos quejamos de la polarización, pero no defendemos el debate y la confrontación de ideas, defendemos que el que no piensa como nosotros se calle la boca y no moleste.
Y todo esto en nombre de la ciencia, cuando el primer principio de la ciencia es cuestionar y dudar, escuchar, probar y analizar, podemos hablar de la ciencia hoy en día, pero la ciencia a lo largo de la historia de la humanidad ha hecho grandísimas cagadas, como por ejemplo:
El agua radiactiva como elixir de juventud: A principios del siglo XX, cremas faciales, dentífricos y tónicos como el Radithor llevaban radio puro bendecido por científicos de la época para «estimular la energía celular». El resultado: necrosis ósea y envenenamiento por radiación.
El Premio Nobel a la lobotomía (1949): Durante décadas, la psiquiatría de vanguardia consideró un avance incuestionable extirpar trozos de cerebro para calmar la ansiedad. El creador se llevó el Nobel; los pacientes, la anulación total de su personalidad.
Médicos recomendando tabaco: En los años 40 y 50, las revistas médicas publicaban anuncios con doctores avalando que fumar calmaba la garganta, la digestión y los nervios. El «consenso» tardó décadas en admitir la relación con el cáncer de pulmón.
Lavarse las manos era de locos (El caso Semmelweis): A mediados del siglo XIX, cuando el médico Ignaz Semmelweis demostró que los cirujanos transmitían infecciones mortales a las parturientas por no lavarse las manos tras hacer autopsias, la comunidad médica oficial lo tachó de farsante y lo expulsó de la profesión.
El sedante infalible de la Talidomida: En los años 50 se recetó masivamente a embarazadas como un fármaco 100% inocuo contra las náuseas. Provocó malformaciones gravísimas a más de diez mil bebés antes de retirarse.
Sin dudas no hay avance, sin debate no hay avance, sin verificación científica no hay avance. Por tanto, si queremos avanzar, precisamente no hay que silenciar esas voces, hay que animarlas a que se expresen, en el fondo, hay que defender la LIBERTAD.
Y hay que ver lo listo que soy yo.
La siguiente coletilla que suele salir para explicar por qué ciertas personas deberían estar calladitas es que “puede confundir y engañar a la gente” y esa es una coletilla que me pone de los nervios.
Por alguna razón extraña tendemos a creernos mejores conductores que el resto, mejores profesionales que el resto y cómo no, más listos que el resto, porque a mí no me engañan, pero a ti sí que te van a engañar con sus falacias (ahora llamadas bulos). Sin embargo, existe algo que se llama la media estadística y normalmente todos tendemos a la media, es decir que por muy muy bien que te creas que conduces, conduces básicamente igual que los conductores que tienes al lado, por muy bien que creas que haces tu trabajo, más o menos lo harás igual que el resto de tus compañeros, y por muy listo que te creas, seguramente vas a ser igual de listo que el que está en la panadería comprando el pan contigo o el que tienes al lado en la mesa de un restaurante, ni más ni menos.
Sin embargo, damos por hecho que nosotros tenemos mayor capacidad de análisis, que somos capaces de distinguir el bien del mal y lo malo de lo bueno, y por tanto, nos erigimos en defensores de nuestro vecino, que es un pobre patán, que no tiene ningún conocimiento y al que las palabras de Llorente o de cualquier otro que exprese una opinión divergente, se lo va a creer a pies juntillas y hará alguna tonteria.
Pero lo que tú eres, amigo, es simplemente un tirano, ya que si tú has tenido el derecho a escuchar, analizar y sacar tus conclusiones de que una idea de una persona es buena o mala, ¿por qué me estás negando a mí ese derecho y me intentas imponer la tuya?
Y sobre todo, es que debemos tener el derecho a decidir.
El verdadero peligro para una sociedad nunca ha sido que alguien diga una extravagancia en público o defienda una postura fuera del carril oficial; el verdadero peligro es asumir que los ciudadanos ( que tus vecinos ) somos incapaces de procesar la información por nosotros mismos y necesitamos que nos filtren la realidad.
La base de cualquier sociedad libre es el derecho fundamental a decidir. Se nos considera adultos responsables para firmar una hipoteca, votar en unas elecciones, elegir profesión o educar a nuestros hijos, pero de pronto, cuando alguien como Marcos Llorente o cualquier otro personaje público expone una visión alternativa sobre el sol, la comida o la vida moderna, surgen voces que exigen su censura para “protegernos”. Hay que huir de ellos como de la mismisima peste.
Esa superioridad moral es inaceptable. Si tengo acceso a todas las fuentes, analizo los datos, escucho las distintas versiones y decido adoptar una costumbre tradicional o, en el extremo del absurdo, creer en teorías inverosímiles, esa elección me pertenece exclusivamente a mí. El derecho a decidir —e incluso el derecho a equivocarse— es la única garantía para no vivir bajo la dictadura del pensamiento único.







