Nuestra valoración
Mi veredicto sobre Anima Nord, ubicado en San Vicente del Raspeig, es claro: estamos ante uno de esos escasos sitios de sensatez culinaria que justifican plenamente una visita. Tras escuchar las insistentes recomendaciones de mi amiga Sara, decidimos dejarnos caer por allí con ella en una de esas tardes tórridas de verano en las que el asfalto parece derretirse y te gustaría mudarte al interior de la nevera. Hicimos el esfuerzo de salir de casa y te aseguro que la experiencia no decepcionó.
🗨 Esta propuesta culinaria cobra un sentido especial al descubrir la historia detrás de los fogones: un chef de origen sueco y su pareja, de raíces andaluzas. Esta combinación personal se traduce en una cocina fusión sorprendente, donde la técnica y el frío nórdico se abrazan con el alma fogosa del sur, dando lugar a una originalidad sumamente interesante que define los sabores de muchos de los platos.
Lo que comimos
🗨 La carta que presentan es breve y, por lo que he podido contrastar en las fotos de las redes sociales, apenas ha variado en los últimos tiempos. Sin embargo, compensan esta limitación con sugerentes platos fuera de carta que amplían enormemente las opciones. De hecho, la mitad de mi cena se construyó sobre estas pizarras improvisadas.
🍴 Empezamos con una gilda hecha con arenque, correcta, y donde todos los productos destacaron por tener una buena calidad en un pincho que se ha popularizado tanto que cada vez se encuentran cosas más indecentes.
🍴 A continuación, llegó a la mesa un pan de ajo caliente, de esos que te obligan a hacer malabares con los dedos porque acaba de salir del horno. Su miga era jugosa y el sabor, francamente intenso; ¡es ajo, si no te gusta, pide otra cosa!.
🍴 La siguiente parada fue una ensalada de tomates cherry asados con burrata. El asado previo del tomate concentraba los jugos y aportaba una dulzura natural magnífica, complementada con el toque untuoso de la burrata, el dulzor del higo y el contrapunto crujiente de los frutos secos. Un plato sumamente equilibrado que nos conquistó a los tres comensales de la mesa.
🍴 Posteriormente, probé el Gravalax, un salmón curado con sal, azúcar y eneldo. Al presentarse en finas lonchas, su curación le otorga una consistencia más firme y tersa que la del salmón ahumado convencional. La ración, además, resultó inusualmente generosa para un producto que suele cobrarse a precio de cuerno de unicornio.
🍴 Rotísimas. Son unas patatas con paletilla ibérica, parmesano, salsa de trufa y huevo; vamos, unos huevos rotos. Cuando llegaron a la mesa, me pareció que aquello iba a estar más seco que la mojama, pero nada más lejos de la realidad. Al romper los huevos y mezclarlo todo, las patatas estaban jugosas y, al final, el huevo le daba esa untuosidad magnífica que solo este producto es capaz de dar. Si pudiera definirlo, “simplemente” son unos huevos rotos, pero de mucho, mucho nivel, de los mejores que he probado en los últimos años.
🍰 El punto más bajo de la noche fue el postre: una tarta de chocolate “pegajosa” que se quedó en un intento correcto, pero plano. Una tarta de chocolate sin más trascendencia.
Una carta de vinos que respeta al aficionado
🗨 Si hay algo que merece un aplauso cerrado en este local, es su política líquida: absolutamente todos los vinos se pueden pedir por copas. Un detalle de sensibilidad hacia el cliente que ya querrían para sí establecimientos con ínfulas de grandeza.
🍷 Si observamos el contenido de la carta de vinos, mi sensación es enfrentarme a una carta honesta y con bastante más criterio del que suele encontrarse en locales de ticket moderado. En lugar de recurrir al típico sota-caballo-rey comercial de distribución masiva, apuesta por una selección pegada al territorio y a elaboradores con discurso propio: abrir con generosos serios por copa como La Goya o el fino de Lagar de los Frailes, o incluir proyectos de culto y mínima intervención como Envínate (Albahara), Suertes del Marqués (7 Fuentes) o Valdesil en blancos, demuestra que quien diseñó la carta sabe de vino y huye del postureo caro. Además, los márgenes están muy ajustados, permitiendo beber fantásticamente bien sin acercarse siquiera a la barrera de los 30 € aunque hay algunas referencias que superan esa cota. Mi única objeción es la ausencia de algún cava de calidad para redondear la sección de espumosos.
🍷 Para nuestra cena, nos decantamos por una botella de Monasterio de San Miguel, un Ribera del Duero blanco elaborado con Albillo Mayor por Bodegas Prado de Olmedo. Con su color amarillo pajizo, sus aromas frutales, fresco y con un toque final ligeramente amargo, resultó el bálsamo perfecto contra los calores del estio. Nos gustó tanto que la botella se nos quedó corta y tuvimos que rematar con una copa de tinto Ostatu (Rioja), igualmente notable.
El Coste y el Servicio
💶 El servicio fue ágil, cercano y siempre dispuesto a solventar cualquier duda con una sonrisa natural. Pero lo que realmente redondea la experiencia es la relación satisfacción-precio. Al margen del alcohol, la cuenta ascendió a 24 euros por persona. Un coste imbatible para una cena de sabores cuidados y con un punto de originalidad.
🗨 En resumen: Si vas a comer, comerás muy bien y difícilmente superarás los 35 euros; si vas a cenar, te mantendrás fácilmente por debajo de los 25 euros. Un restaurante sin lujos innecesarios, pero impecablemente resuelto, al que sin duda volveré.






