Nuestra valoración
En mi última visita a Madrid, mi amigo Isaac me propuso comer en un recién llegado al barrio, situado en el céntrico Paseo de Rosales, a un paso de la Plaza de España. Tras un vistazo prudencial a sus redes sociales —un ejercicio de supervivencia necesario en los tiempos que corren—, accedí.
El establecimiento ocupa un semisótano. Quien peine canas sabrá que estos espacios a veces resultan lúgubres, pero aquí el diseño juega a favor: tonos claros, estética mediterránea y una luminosidad bien resuelta que aleja cualquier fantasma de agobio.
¿El único reproche inicial? Las mesas son algo parcas en centímetros, un mal endémico de la hostelería moderna. Por fortuna, la distancia entre comensales es generosa. Nadie quiere enterarse de los problemas de próstata del vecino de al lado mientras almuerza. Desde cualquier ángulo se contempla la cocina abierta, presidida por el imponente horno del pizzaiolo.
El preludio: Entre el costumbrismo y la masa perfecta
Fieles a la vieja costumbre de compartir para medir el pulso a la cocina, iniciamos la sesión con las 🍴 Polpette alla Domenica. Se trata de unas albóndigas rellenas de queso donde el verdadero triunfo reside en la salsa de tomate. Lograr esa acidez equilibrada y esa densidad sin caer en el azúcar fácil es una virtud que los italianos manejan con una precisión asombrosa. Me extraña que los últimos estudios de genética no hayan descubierto un gen específico para cocinar “il pomodoro”.
Posteriormente llegó la 🍴 pizza Copa del Mondo, galardonada con el segundo premio a la Mejor Pizza de la Comunidad de Madrid el año pasado. El enunciado promete: hojas de espinacas, queso de cabra, jamón y un hilo de miel.
Siendo francos, la combinación de ingredientes no me resultó especialmente memorable; sin embargo, la masa es impecable. Esponjosa, tostada en su justa medida, con ese crujiente sutil que delata una fermentación madura y un paso maestro por el horno de leña. La recomendación es clara: pide pizza, pero elijan otros ingredientes que no dependan del veredicto de un jurado.
Los principales: Tradición y el acierto del cordero
En los platos principales la cocina mostró sus dos caras: la académica y la aventurera. 🍴 La Pasta all’Amatriciana, un plato clásico, cumplió con solidez. No busques sorpresas donde debe haber ortodoxia; de nuevo, el tomate volvió a coronar el plato con nota.
El 🍴 Parmigiana Roll demostró originalidad en el formato. La pasta se moldea emulando una flor, albergando en su interior berenjenas a la parmigiana, queso y el sempiterno fondo de tomate. El resultado es un bocado suntuoso, diferente y técnicamente bien ejecutado.
Por curiosidad, probamos los 🍴 Spaghetti ilimonami, una propuesta con queso parmigiano, calabacín y ralladura de limón. Si bien aporta una frescura innegable y originalidad para paladares con ganas de experimentar, se quedó un escalón por detrás…
El punto álgido de la comida llegó con el Pappagnello. Estas tiras de pasta muy anchas sirvieron de lecho para un guiso de cordero generoso y meloso. Un plato rotundo, de los que justifican volver a sentarse en esta mesa en los meses de invierno.
🍷 La Bodega: El valor de la contención enológica
Para un hombre que sabe disfrutar del vino, la carta de un restaurante puede ser un oasis o un dolor de muelas. En Dolce Positano optan por una propuesta corta pero honesta, nutrida casi en su totalidad por referencias italianas.
El rango de precios es notablemente sensato: arranca en los muy amables 20 euros y toca techo en los 100 euros si uno decide descorchar un Champagne.
Para nuestro almuerzo seleccionamos un 🍷 Falchetto de Barbera d’Asti. Se reveló como un vino fresco, sumamente equilibrado y dotado de un tanino suave. Una elección que acompañó las pastas y el cordero con la complicidad de un viejo amigo, sin pretensiones de protagonismo.
El epílogo dulce y la cuenta
Llegados al postre con las fuerzas justas debido a unas raciones francamente generosas, abordamos sus dos opciones más célebres:
- 🍰 El Babá: Un bizcocho borracho que, para nuestro pesar, sustituye el licor por un almíbar. Nos dejó ciertamente indiferentes.
- 🍰 El Tiramisú: De textura correcta y notable cremosidad, aunque penalizado por un sabor de café demasiado suave. Una lástima no arriesgar más en este aspecto. A pesar de ese pequeño defecto, en nuestra opinión es un postre que merece mucho la pena.
Para compensar el titubeo dulce, la casa tuvo el detalle de invitarnos a un chupito de Limoncello. Sorpresa grata: suave, equilibrado y libre de ese sospechoso aroma a ambientador industrial que arruina tantas sobremesas. El servicio fue impecable: atento, profesional y sin las prisas tan comunes en el centro de la capital.
Veredicto y Relación Satifacción-Precio
El coste final de la experiencia ascendió a 36 euros por persona (excluyendo el vino). Al sumar la botella de Barbera d’Asti, la cifra se situó en los 43 euros por cabeza.
Para un restaurante ubicado en una zona noble de Madrid, donde las cantidades sacian y la materia prima responde, la relación satisfacción-precio es soberbia. Dolce Positano no busca inventar la rueda, pero ofrece una cocina notable a un precio extraordinariamente controlado. Una opción a tener muy en cuenta en la agenda y desde esta humilde tribuna, una invitación a que le visites.







